Carlos Fuentes, el eterno habitante de la región más transparente


Compartir

Por: Jesús Amezcua Castillo.

CF1

Imágenes pertenecientes a sus respectivos propietarios (c) David Martínez Ramírez, Confabulario El Universal, Ediciones Era, Ediciones Alafaguara, El Informador.

 

En verdad, nadie esperaba el deceso de Carlos Fuentes. Dos meses habían transcurrido desde su aparición en el programa de entrevistas Conversaciones con Cristina Pacheco, en el canal 11 de la televisión capitalina y metropolitana, en donde paradójicamente habló de la muerte en la introspección de su afamada novela Aura:

-Decías en alguna ocasión que Aura es la historia de la vida y la muerte.

-Sí. Aura trata de decir que más allá de la muerte, hay otra vida. Y lo planta en la imaginación del lector: lo podemos creer o no creer, lo podemos vivir o no vivir. Podemos seguir lo que nos dice Aura o negarlo. Pero eso ya es la voluntad del lector, y la capacidad del lector para ser parte del libro o no serlo. Hay lectores que no entran en este libro.

Su inesperado deceso se dio en el contexto de su última entrevista concedida al diario El país, de España, en la que señalaba: “Mi sistema de juventud es trabajar mucho, tener siempre un proyecto pendiente. Ahora, he terminado un libro: Federico en su balcón, pero ya tengo uno nuevo, El baile del centenario, que empiezo a escribirlo el lunes en México”.

La partida de Carlos Fuentes es uno de los capítulos que cierran un profundo período de creación en el que se funda, a través de una vasta producción insustituible, un aporte valioso en la narrativa contemporánea. No puede entenderse la literatura mexicana sin la pluma del autor de Los días enmascarados. Celebrado y criticado por sus ideas políticas, hasta su último aliento, este personaje de las letras jamás pasó desapercibido en los foros internacionales de discusión, ni en los círculos intelectuales del mundo entero.

Sus obras ya eran testimonio de una intensa búsqueda por el pasado de nuestra civilización y cultura. Definirnos como una identidad mestiza, con aquella profunda herida que supuso la conquista española; mostrarnos los caminos reflexivos humanos por los que transita el anhelo de justificar nuestros sentimientos más secretos; presentarnos la eterna alegoría de la libertad que se abre camino;  retratar en sus personajes la ambición que despierta el poder; eso y más fueron siempre los ejes en la obra del hombre que en la literatura siempre representó una pieza clave del boom latinoamericano.

Carlos Manuel Fuentes Macías nació en la ciudad de Panamá, Panamá, el 11 de noviembre de 1928. Hijo del diplomático Rafael Fuentes Boettinger y de Berta Macías Rivas, desde temprana edad tuvo inquietudes literarias. Los cambios de residencia fueron en su vida una constante: Ecuador, Uruguay, Brasil, Portugal e Italia se volvieron escenarios que acompañaron su infancia. La ciudad de Washington se convirtió para la familia Fuentes en un sitio fijo en 1934, debido al cargo de consejero que Fuentes Macías ostentaba en aquel entonces. Seis años más tarde, el nuevo destino sería Santiago de Chile, donde llegaron en plena Segunda Guerra Mundial. Conocería ahí a su primer cómplice literario: el chico Roberto Torreti, con quien compartía la inquietud de escribir pequeñas ficciones y ‘devorar’ los libros que llegaban a sus manos.

CF2

Carlos Fuentes se adentraría en una Argentina un tanto influenciada por el antisemitismo en 1944, filosofía que se respiraba en los colegios y que inducía juicios despectivos a los estudiantes en contra de la raza judía. Fue el período en que desistió de cursar estudios secundarios y todo su tiempo lo destinó a caminar por las calles de Buenos Aires, lo que representó para el inquieto adolescente un mundo de aprendizaje y conocimiento. Llegaron a su vida la música de tango, las obras de Jorge Luis Borges y las mujeres. Quizá no en ese orden, pero sí con la misma pasión que desatan en un iniciado.

Don Rafael obtuvo un trabajo en la Secretaría de Relaciones Exteriores en México. El joven Fuentes estudió el bachillerato, en él se relacionó con amigos de las esferas diplomáticas más influyentes. Sin embargo, no sería ese ambiente el que definiría su perfil profesional. A sus 21 años, se le reveló la vocación literaria, mientras cursaba sus estudios de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México. En el terreno de las letras, ya había incursionando con mesurado éxito al ganar un concurso de literatura en el Colegio Francés Morelos.  Pero el mundo de la ficción, el de las palabras que engarzan historias, pesaba más que la diplomacia heredada por su padre.

En 1954, con la aparición de Los días enmascarados, Fuentes incurrió en un estilo creativo sincrético entre lo cosmopolita y lo nacionalista, que marcaría en adelante a su obra como una propuesta vanguardista, tal vez incomprendida para algunos lectores de la época, pero donde ya dejaba ver esa identidad que trata de fraguar para su pluma. En una de tantas reseñas sobre este trabajo, se lee lo siguiente: “En este su primer libro, la vitalidad narrativa de Carlos Fuentes es ya manifiesta… Descuellan algunos temas como la presencia del pasado indígena y algunos fantasmas de la historia nacional.” Por tanto, Los días enmascarados es una pieza de literatura fantástica.

CF3

No sería sino hasta cuatro años más tarde que La región más transparente abriría el mundo de la polémica y la crítica en nuestro país. Un texto fuerte, donde la ciudad de México era el principal personaje expuesto en todas sus aristas: cuadros escénicos por donde transitaban los personajes de una aparente ficción, entremezclados con pasiones y sentimientos que dan forma a una crítica política: “En estas páginas, el autor recrea la vida de la ciudad, pasando por todos los estratos sociales y las formas de pensar, hablar y disentir, con un estilo de múltiples facetas y dimensiones. Sin duda estamos hablando de unos de los libros que hicieron posible la renovación de las letras hispanoamericanas”.

La obra fue dedicada a su primera esposa, la actriz Rita Macedo, con quien se casó y procreó a una niña que nacería en 1962 de nombre Cecilia Fuentes Macedo, mejor conocida por el director de cine Luis Buñuel como la “Fuentecita.” La pequeña evitó indirectamente que su madre tomara parte activa en el rodaje de El Ángel Exterminador, al filmar una sola escena debido a que su embarazo era de alto riesgo. “Cecilia llegó saliendo de la orfandad a la paternidad. Dejó oír en seguida la voz de la ternura y al abrazarla por primera vez yo sentí que mi cuerpo y el de ella se expresaban libremente. Padre e hija, distintos, pero ambos dueños, gracias a la hermosura de un instante, de una sexualidad libre en la que el deseo y el placer de la relación amoroso-filial se confunden”, recordó más tarde el autor en su obra En esto creo. En ese mismo año se publicaría otra de sus obras más afamadas: La muerte de Artemio Cruz, misma que nos narra los últimos momentos en la vida de un exrevolucionario que hace una evaluación en su lecho de muerte de lo que supuso su existencia.

CF4

Por desgracia, la vida de la pareja de intelectuales no pudo sostenerse debido a su apretada agenda de trabajo: películas, libros, conferencias, entrevistas. Así, llegó el divorcio. Carlos decidió vivir en Europa. Los reconocimientos no dejaron de aparecer, y en 1967 obtuvo el Premio Biblioteca Breve de Novela.

La periodista Silvia Lemus se convirtió en la segunda esposa del escritor en 1972. Ella era reportera y trabajaba para Jacobo Zabludovsky, en el noticiario 24 horas. Compartían gustos similares por el cine, el teatro, la comida y la ópera. Un año después de su unión, nació en París su primer hijo bautizado como Carlos Fuentes Lemus. Su hija Natasha Fuentes Lemús nació en la ciudad de Washington en 1974.  Por ese tiempo, el escritor fue nombrado embajador de México en Francia, cargo que aceptó en homenaje a su padre, quien siempre aspiró al mismo.  

La vida política de Fuentes comenzó a dominar su agenda diaria hasta que un aspaviento con el entonces presidente de México, José López Portillo, originado por el nombramiento del también exmandatario Gustavo Díaz Ordaz como embajador en España, lo obligó a renunciar a dicho cargo diplomático. La vida de Carlos Fuentes se concentró en su producción literaria, detonante siempre de polémica en los círculos intelectuales. El Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos le sorprende en 1977 por el libro Terra Nostra; también  recibió el Premio Miguel de Cervantes por lo relevante de su obra en 1987.

La racha de premios aumentaría en 1994 cuando le fue otorgado el codiciado Príncipe de Asturias de las Letras; también se dio tiempo para impartir cursos y conferencias en universidades de prestigio en Europa, Estados Unidos y Sudamérica. La vida parecía estable en su universo creativo, pero la realidad le acertaría dos duros golpes.

Carlos Fuentes Lemús, pintor, fotógrafo, y poeta, perdía la batalla ante la hemofilia que lo aquejó gran parte de su vida el 5 de mayo de 1999. Se encontraba alojado en el hotel  Camino Real en Puerto Vallarta, Jalisco, donde le hacían compañía su novia y un amigo. El parte médico certificó que el joven había sufrido un infarto pulmonar. La muerte de Fuentes Lemus dejó destrozado al matrimonio. En su libro En esto creo, el autor nos dice: “La muerte de Carlos dejó en mí y en su madre la realidad de cuanto es indestructible. Vivía ya en nosotros y no lo sabíamos. No sé si esto es solaz suficiente para la persistente pregunta que nos hace la pérdida de la promesa… Hay que llegar a saber que los hijos, vivos o muertos, felices o desgraciados, activos o pasivos, tienen lo que el padre no tiene. Son más que el padre y más que ellos mismos. Son nuestro compás de espera. Y nos imponen la cortesía paterna de ser invisibles para nunca disminuir el honor de la criatura, la responsabilidad del hijo que necesita creer en su propia libertad, saberse la fragua de su propio destino. Nuestros hijos son los fantasmas de nuestra descendencia”.

La tragedia sólo hizo un alto por algunos años, para devastar aún más a la familia Fuentes Lemus. El 24 de agosto de 2005, al estar ellos en Londres, Natasha fue encontrada sin vida –según algunas versiones periodísticas- en las inmediaciones de la ciudad de México, en la vía pública, bajo un puente peatonal, cercano al barrio de Tepito. Las autoridades dijeron que su deceso se debió a una congestión visceral generalizada, aunada a un paro cardiaco. El periodista Mario Alberto Mejía puntualizó que la chica fue asesinada “por manos cobardes y anónimas”.

En la misma obra ya referida, Fuentes nos dice: “Natasha y yo hemos estado tan cerca y tan separados el uno del otro como cada cual dentro de su propia piel. Ella habla del “triste invierno” de su juventud, de sus repetidos intentos de hacerse mujer, inventarse y reinventarse una y otra vez. Quería agradar. Quería asombrar. A veces era una exiliada hambrienta en su propia casa. En una isla solitaria encontró un cajón de libros y regresó a sorprender a sus maestros, corregirlos, más adelantada que ellos, hasta exasperarlos: ‘Has leído demasiado, niña’… Sabía demasiado, se escudaba en una cultura tan brillante como maldita. No sabía inventarse a sí misma en un escenario, en un pedazo de papel. Tenía que actuar su historia. Le faltaba salir de la reclusión de los placeres intangibles y brumosos a los espacios de la comunicación con los demás, escribiendo, actuando, dándole oportunidad a sus talentos”.

CF5

El trágico destino rondó las muertes de sus hijos, aunque para el autor de Tierra Nostra la vida se desenvolvía con éxito en el mundo intelectual, y el dolor tuvo que ser paliado con su entrega en el trabajo creativo e imaginativo. Para su esposa Silvia, el quehacer periodístico le ayudó tal vez a sobrellevar el dolor de sepultar lo más querido. Un año más tarde, el literato publicó su obra Todas las familias felices.

Hombre que siempre desató polémica por sus declaraciones en política, Carlos Fuentes criticó duramente al entonces candidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Peña Nieto, ante su evidente falta de precisión, cuando en una rueda de prensa ofrecida el 3 de diciembre de 2011 en el marco de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, y con motivo de la publicación de su libro México, la gran esperanza, el político no supo citar sus lecturas de influencia y confundió al autor de la obra La silla del Águila con Enrique Krauze. A la par en este tema, en algunos medios, Fuentes se pronunció de manera escéptica en torno a los demás candidatos presidenciales para las elecciones de aquel entonces, y en la Feria del Libro en Buenos Aires, realizada en mayo del 2012, los consideró personas menores en comparación a los problemas de México.

Con ese duro y ácido juicio, el escritor se despidió de los escenarios intelectuales para quince días después, fallecer a los 83 años de edad en la ciudad de México. Su deceso tuvo lugar en el hospital Ángeles del Pedregal, a las 12:15 hora de la tarde, debido a una hemorragia en el tubo gástrico provocada por una úlcera rota.

CF6

Un día antes, aún trabajaba en la redacción de su nueva novela. Le esperaban entrevistas y apariciones públicas para celebrar los 50 años de Aura. Preparaba la presentación de su libro de ensayos Personajes. Según las crónicas informativas, ese 15 de mayo los dolores lo despertaron alrededor de las cinco de la mañana. Entonces, ingirió líquidos, se dio un baño y perdió el conocimiento. Así lo encontró su médico personal, quien lo trasladó al nosocomio en donde por espacio de una hora hizo los intentos posibles para salvarle, pero fue inútil.

Se despedía de las letras el hombre que ganara diversos galardones y reconocimientos por su prolífica carrera, aunque escapó de sus manos el Premio Nobel de Literatura, del cual fue eterno candidato. Con ese peculiar sentido del humor y agudeza crítica, siempre se jactó de ya poseer en la persona de su amigo Gabriel García Márquez esa distinción. Siempre creyó que en la persona del colombiano, todos los escritores de América Latina ya habían sido premiados.

Siempre se le recordará por la calidad de sus escritos, que ya fueran sobre educación, política o literatura, siempre despertaban conciencia e invitaban a la reflexión en busca de nuestra identidad. Carlos Fuentes cerró con su muerte un muy basto ciclo creativo, pero dejó abierta la trascendencia de sus personajes y temas que viven no sólo en el papel, sino en el imaginario colectivo del mundo de habla hispana. Hoy, ellos respiran con naturalidad. La muerte no venció al hombre que una vez dijera de ella, lo siguiente: “Ella espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte. Sabemos que un día vendrá, pero nunca sabemos lo que es”.

 

Sus cenizas fueron llevadas por su viuda a la ciudad de París, para que reposaran a lado de sus hijos. A manera de homenaje, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes creó el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en Idioma Español. Este galardón será dotado con 250 mil dólares y será otorgado al conjunto de una obra cada 11 de noviembre, fecha del natalicio del autor. Como suele decirse de la mayoría de los grandes escritores del mundo, aunque suene trillado y reiterativo, celebrar a Carlos Fuentes o rendirle un merecido homenaje será siempre un compromiso de lectura permanente. Leerlo significa colonizar nuevos mundos; significa redescubrir las obsesiones, pasiones y sentimientos que nos identifican como personas atadas a un destino que podemos reinventar; significa permanecer unidos a las raíces de nuestro pueblo.

Larga vida al maestro Fuentes.

Compartir