Eleonora


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Pincelada 3

Por La Marquesa de Buenavista

Para la eterna Penélope de Serrat

El agudo silbato del tren anunciaba que continuaba su recorrido, y solo en el andén, entre el vapor de agua que producía la máquina, permanecía un hombre cuya ajada y polvorienta indumentaria mostraba el recuerdo de innumerables caminos transitados. Con paso lento, pero firme, se dirigió a la única persona que estaba en la estación, una mujer que, sentada en el piso y envuelta en un negro ropaje, semejaba un ovillo.

-Buenas noches señora… hace muchos años salí de este pueblo, en busca de fortuna, y ahora que regreso me encuentro desorientado, ¿podría usted indicarme cómo llego a la casa de la señorita Eleonora?

La mujer levantó su cabeza y entre la penumbra de su rostro emergieron las lucecillas amarillentas de la última esperanza, de aquélla que se resistía a morir esperando el futuro arrebatado, para intentar descubrir, en el recién llegado, los rasgos largamente anhelados, pero ¡no!, su amado era jovial, con el rostro lleno de promesas y deseos por cumplir, y ante ella sólo aparecía un cuerpo encorvado por el tiempo, enmarcando un rostro marchito, triste y gris, mientras que sus sentimientos sólo hallaron rastros de un pasado perdido… por lo que, frunciendo el ceño, bajó la mirada sobre el tejido, al tiempo que las agujas retomaban el eterno y monótono chis-chas, chis-chas…

El hombre, ante el mutismo que tuvo por respuesta, asió su maleta y se perdió entre las sombras de la noche para continuar la búsqueda del amor perdido.

(¿Quién es la Marquesa de Buenavista? Próximamente tendrás la respuesta. Busca sus relatos cada viernes, en La Bombilla.)

Referencia fotográfica: Fragmento del cuadro de Claude Monet. Estación de Saint Lazare, 1877.  Museo D´orsay, París, Francia

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