Pincelada 46: “Hasta el Fondo…”


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Por La Marquesa de Buenavista

Los cálidos rayos del Sol matutino hirieron sus párpados, obligando al hombre a abrir los ojos. Como ocurría desde hace varios años, había pasado la noche durmiendo en la calle, tras un día en el que la única actividad había sido consumir alcohol de ínfima calidad y, ocasionalmente, fumar algún carrujo de mariguana, que le invitaban sus “compas”, con los que compartía la calle.

Su ropa sucia y andrajosa con dificultad cubría su cuerpo, el cual ya mostraba las huellas de la edad, pero sobretodo los efectos del alcoholismo.

Tembloroso, el hombre se incorporó y, dando traspiés, se alejó en busca del primer trago del día, pues estaba convencido, y era una realidad, que tal vez no encontrara quién le diera un taco, pero sí quién le invitara una copa; además, había que buscar a los amigos para contarles su historia, tantas veces repetida.

Se había casado muy enamorado de una “buena mujer” y con lo que ganaba como empleado en una oficina, les alcanzaba para vivir con relativa comodidad. Apenas terminada la jornada laboral, eterno se le hacía el tiempo del trayecto a casa para reencontrarse con su esposa, hasta que las invitaciones y puyas de sus compañeros (“vamos a tomarnos una copa, después de una semana de trabajo, nos la merecemos”, “… o te pega tu mujer”, “tan ‘machito’ que te ves y resulta que eres mandilón’”,…) lograron que aceptara salir con ellos. Aunque estaba seguro que sería la única salida, siguió otra y otra y otra, cada vez ocupando más tiempo y llegando a su casa alcoholizado.

-No sé qué te pasa, cada vez es más frecuente que llegues borracho –le recriminó su esposa.

-¿Y a ti qué te importa? ¿Te falta algo? Aquí yo soy el hombre de la casa y soy el que manda y si no te gusta… -antes de que la mujer pudiera reaccionar, la mano del hombre se estampó en su cara.

A partir de ese momento, ella sintió que algo se había roto, pero a él pareció no importarle, ya que la situación empeoró conforme pasaban los días; pero una mañana, al despertar con un fuerte dolor de cabeza, producto de la alcoholización del día anterior, gritó una y otra vez:

-¿Dónde estás? –pero no encontró eco, su esposa y sus pertenencias habían cambiado de domicilio.

La asistencia al trabajo, en estado inconveniente, y las ausencias frecuentes, derivaron en que fuera despedido, por lo que se refugió en el departamento, aturdido siempre por la bebida; sin embargo, un “me paga la renta o desaloja el cuarto”, fue el anuncio de que una nueva vida se iniciaba, lejos de los convencionalismos sociales: la calle como su casa y los marginados como su familia.

Arrastrando los pies y con la boca reseca, por la abstinencia y la caminata, el hombre llegó a la esquina consabida:

-¡Heyyy! –gritó al grupo de “teporochos”- ya llegó por quien lloraban… ¡Qué empiece la fiesta! antes de que se acabe esta… triste vida –concluyó en voz baja.

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(Hasta el próximo viernes)

 

Referencia fotográfica: solvingforzero.com

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