Pincelada 39: “La cena”


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Por La Marquesa de Buenavista

Arrastrando los pies, con infinidad de mugrientas bolsas a cuestas y seguida por sus dos fieles perros, la anciana, con mucha dificultad, subía la empinada calle que la conducía a su casa. Como es su costumbre, había pasado todo el día en la puerta de la iglesia, a la espera de que alguna “alma caritativa” le obsequiara una moneda para seguir sobreviviendo. Vivía sola, ya que, aunque se casó, nunca tuvo hijos y su esposo simplemente un día ya no regresó; por más que lo buscó en delegaciones, hospitales y calles, el hombre nunca apareció.

Con habilidad deshizo los nudos de la cuerda con la que cerraba la improvisada puerta de su humilde vivienda. Tras dejar su cargamento, que por cierto eran sus únicas posesiones, encendió un mechero de petróleo y se dejó caer en una desvencijada silla que complementaba una mesa, la que se sostenía de milagro y que, junto con un camastro, era todo el mobiliario de la vivienda.

No se percató cuánto tiempo pasó sentada, con la cara sumergida entre las curtidas manos por el recio trabajo, hasta que la mirada de sus únicos compañeros, la hicieron reaccionar.

-¡Pobrecitos, han de tener mucha hambre!, todo el día no se separan de mí, ni siquiera para tomar un trago de agua –dijo la anciana a los dos perros que, desde que entraron, no dejaban de verla, en silencio, en una muda súplica de comida- Y yo con estas piernas que ya no quieren sostenerme.

Soportando los dolores de sus piernas, se incorporó para vaciar los restos de comida, de varios días, en un abollado traste de aluminio y verter agua en otro recipiente semejante.

-Ahora sí, a comer mis chiquitos.

Al escuchar el permiso, los perros, como impulsados por un resorte, se abalanzaron sobre la comida, la que desapareció en un “santiamén”.

*** *** ***

 

Recostada en el camastro, y cubierta con una delgada frazada que ya había visto pasar sus mejores días, la anciana descansaba para renovar energías y, así, volver a empezar al día siguiente. Sus perros, muy quietos, pero con los ojos muy abiertos y las orejas levantadas al menor ruido que escuchaban, permanecían echados al pie de la cama. De pronto los fuertes golpes en la puerta de la vivienda, hicieron que la mujer se sobresaltara.

Y’ora, ¿quién toca así a estas horas?… ¡Voooy! –gritó la anciana desde el camastro.

Con muchos problemas se incorporó y al abrir la puerta, el rostro sonriente de Martín, le dio la bienvenida.

-Dice mi mamá que la estamos esperando para cenar, ¿qué ya se le olvidó que día es hoy?… ¡Es nochebuena! ¡Hoy nace el Niño Dios!

-¡Ay m’ijo!, dile a tu mamá que le agradezco, pero hoy estoy peor de mis piernas y ya me quiero acostar.

El rostro de Martín pasó de la sonrisa a la tristeza.

-Bueno… yo le digo –tras lo cual el niño se alejó.

Al poco tiempo, volvieron a tocar en la improvisada puerta; otra vez era Martín.

-Dice mi mamá que le manda este taquito. Que está calientito para que se lo coma ahorita. ¡Ándele, antes que se enfríe! –dijo el pequeño.

-Gracias, m’ijo. ¡Qué disfrutes la llegada del Niño Dios, y que te traiga mucha salud y el buen ejemplo de tus padres! ¡Hasta mañana!

Con gran dificultad, la anciana se inclinó para depositar el alimento en el plato de sus perros. Su estómago no estaba para recibir alimento, en ese momento. A una indicación de la mujer, “¡Coman mis niños!”, los famélicos canes se lanzaron sobre el traste y en segundos lo dejaron totalmente vacío, mientras que la anciana volvía a recostarse para intentar conciliar el suelo, y esperar la visita nocturna de sus fantasmas familiares y para recordar sus amores perdidos que, la muerte o el olvido, se habían encargado de llevarse.

Header LA CENA

(Hasta el próximo viernes)

 

Referencia fotográfica: periodicocorreo.com.mx

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