Pincelada 28: “El reto”


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Por La Marquesa de Buenavista

El estadio desbordaba pasión deportiva; el equipo local, por la mínima diferencia, había ganado el partido contra sus acérrimos rivales. Al término del juego, la oncena de gladiadores, más los jugadores de la banca, desde el centro del engramado animaba a las aguerridas barras para lanzar las clásicas porras; tras lo cual, los jugadores se perdieron por el túnel que conduce a los vestidores.

El ritual acostumbrado había concluido y los aficionados colmaban los túneles de salida. Entre la multitud del túnel “M”, Eduardo, dando traspiés, intentaba alcanzar a sus compañeros que se habían adelantado a comprar unas “chelas”. Su mirada vidriosa y “perdida”, junto con su errático andar, indicaban que no se encontraba bien, se había excedido en el consumo de “mota”.

Sin saber cómo, su perdida mente lo guio hasta la salida y fue a sentarse en el muro de piedra que bordea el estadio. Sin poder procesar los exacerbados y alucinantes estímulos que recibía a través de sus sentidos, el joven cerró los ojos y clavó la barbilla contra el pecho. Las venas de sus brazos, inflamadas hasta el límite, parecía que iban a estallar. Su corazón latía al máximo. El tiempo dejó tener sentido para el muchacho.

Había empezado a consumir la droga desde que estaba en segundo de secundaria. Todo comenzó como un juego. Un día, mediante el WhatsApp, recibió un desafío; su amigo Roberto lo retaba a él, y a otros dos compañeros de grupo, a consumir un “sobrecito” de cocaína. La clave entre los participantes, para evitar ser descubiertos, era ésa, la palabra “sobrecito”. Como Eduardo nunca se rajaba y no quería que sus amigos lo tacharan de “mariquita”, brevemente escribió: “¡Va! Acepto”; además, tenía que demostrarles que era “hombrecito” para borrar la mala impresión que tenían de él, cuando Berenice lo “bateó” al declarársele. Una vez que cumpliera el desafío, vendría “la suya”, al retar a otros tres compañeros, así, la “divertida cadenita” se propagaría hasta el “infinito”.

El día acordado, los muchachos buscaron el rincón más apartado del patio de la escuela; una vez allí, rodearon a Eduardo. “¡Órale culero, llégale!”, “¡No te hagas del rogar, maricón!”, “¡Ése es mi valedor, yo sé que tú puedes, Lalito!”, “¡Ándale pendejo, antes que el perfecto se dé cuenta de lo que estamos haciendo!”, “Nel, ni se las huele, ya ven que ya no revisan la mochila”, “El gusto sólo les duró unos meses, después que la Gloria se dio un pasón que la mandó al hospital; así son los rucos, todo lo dejan a medias”. Ésos y muchos comentarios más se escuchaban alrededor del jovencito; recientemente Eduardo había cumplido trece años.

-Por esta ocasión, vacía la bolsita en tu mano y llégale, bro –dijo Héctor a Eduardo.

Para que las agresiones verbales no siguieran, el muchacho obedeció y acercó la palma de su mano a su cara y aspiró con fuerza; al momento sintió cómo el polvo se iba adhiriendo por donde pasaba, ocasionando que desde la mucosa de la nariz hasta la garganta se adormecieran, al tiempo que en el fondo de la boca sentía un sabor amargo.

-¡Ése es mi bro!… Ven, les dije que Lalo sí tiene los güevos bien puestos, no como ustedes culeros –dijo Héctor a sus compañeros.

Al poco tiempo, Eduardo comenzó a reír sin control.

-¿Qué te pasa bro? ¿De qué te ríes? –preguntó Héctor, pero Eduardo pareció no escucharlo, sólo los veía y soltaba la carcajada.

-¡Ya tocó la chicharra! ¡Vámonos antes que venga el perfecto! –gritó uno de los muchachos.

-¿Y qué? ¡Qué se atreva a decirnos algo el muy culero y con esto lo recibo! –respondió Eduardo, agarrándose los genitales.

-No te pongas pesado Lalo, ¡vámonos! –indicó Héctor.

Al término de clases, los muchachos rodeaban a Eduardo, comentando la “hazaña”, y algunas muchachas que pasaban cerca, comentaban al oído y volteaban a mirarlo, sonrientes.

La siguiente ocasión, el muchacho “no se hizo del rogar”, además, la droga le brindaba una alegría nunca antes sentida. Sin embargo, los problemas comenzaron; primero empezó a sentir comezón en la mucosa nasal, la cual derivó en resequedad.

Cierto día, durante la comida, el muchacho platicaba alegremente sobre el partido de futbol, que recién habían visto en la televisión, cuando su madre exclamó:

-Te está escurriendo sangre.

-¿De dónde? –preguntó nervioso el muchacho, limpiándose la nariz con el dorso de la mano al sentir la humedad del líquido; extrañado, sólo acertó a contestar- No sé por qué me pasó.

-¡Ay hijito, déjame ver qué es lo que tienes! –siguió diciendo la mujer.

-Ya mujer, déjalo tranquilo, ¿qué va a tener? Deben ser las hormonas que ya estaban haciendo su trabajo, ya mi hijo es todo un hombrecito. ¡Deja de tratarlo como una niñita! –intervino el padre.

-Pero… -intentó continuar la madre.

-No hay pero que valga, te digo que lo dejes en paz…. Ve a lavarte la cara y regresas a comer –concluyó el padre, dirigiéndose a Eduardo.

La adicción cada vez era mayor. Lo que sus padres le daban para comprarse el refrigerio en la escuela, el joven lo gastaba en cocaína y, en más de una ocasión, tomó dinero de su madre. Muchas veces, al estar platicando con sus amigos o con sus padres, al sentir la humedad de la sangre en la nariz, el muchacho, rápidamente y sin decir palabra, se refugiaba en el sanitario.

Por otra parte, la inicial alegría se había transformado en depresión, y llegando, sin motivo alguno, a agresión.

-¿Y tú que me ves? –dijo Eduardo a un joven que estaba sentado en la mesa vecina de la pequeña cafetería de la escuela.

El agredido, sin comprender, se limitó a ver a sus acompañantes; “Y éste ¿qué le pasa?”, les preguntó, haciendo una mueca de desconcierto.

-¡Ya Lalo, cálmate! –dijo Héctor a su amigo.

-Pero no ves que desde que llegamos, ese pendejo no ha dejado de verme; con seguridad están criticándome o le gusto al estúpido –respondió Eduardo.

-No pasa nada, tranquilo bro. Mejor vámonos al patio para relajarnos –expresó Héctor.

*** *** ***

El exterior del estadio estaba casi vacío; sólo la encorvada figura de Eduardo continuaba sentada en la barda de piedra.

-¡Hey tú, a dormir a su casa; esto ya se acabó! –decía un vigilante a Eduardo.

El muchacho, por inercia, levantó la cabeza. Sus ojos parecía que se salían de sus órbitas, de su boca escurría abundante saliva. Haciendo un gran esfuerzo, intentó jalar aire, pero no pudo. Sus manos se crisparon, abundante sangre comenzó a salir de su nariz y se desplomó. Su corazón no resistió más.

Allí, a la entrada del estadio, que había sido testigo de tantas emociones sentidas por Eduardo, quedó tendido su cuerpo, ante la mirada inexpresiva de los pocos curiosos que aún deambulaban por el lugar, en espera que llegaran las autoridades ministeriales.

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(Hasta el próximo viernes)

 

Referencia fotográfica: www.taringa.net

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