La Vigencia de Don Armando Jiménez y sus desahogos de conciencia


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Por: Ricardo Franco

Fotografías © Pertenecientes a sus respectivos ilustradores, Editorial Diana y la Lotería Nacional.

La literatura, camino cultural hacia el conocimiento y la sobriedad, deleite que pocos seres en la tierra llevan a cabo para satisfacer sus pupilas de manera estable y concisa; un paso más hacia el conocimiento eterno. La literatura, sinónimo de eternidad versada. Sin embargo, llegará a ser siempre efímera gracias a una obra recóndita que logró tocar la parte más profunda del cuerpo; ésa, por supuesto, se encuentra incrustada en el núcleo visceral de nuestros organismos: el corazón.

¿Y a qué obra se deben estos elegantes vocablos? Por supuesto, al folklórico volumen titulado Picardía Mexicana, del gran viajero-dramaturgo don Armando Jiménez, quien, para tu información estimado lector, es el gallito inglés: míralo con disimulo, quítale el pico y los pies, y métetelo por el cuadro más bello que reine en tu imaginación, sin temor alguno.

 Esta obra, escrita hace más de medio siglo, continúa vigente en el ámbito social mexicano; corresponde a una misión cultural única en la historia del país, en la que un joven, Armando, de tan sólo 18 años de edad, se armó con el mejor arsenal que un chico idealista podría tener en sus manos: una cámara, un cuaderno y un lápiz. Dichas herramientas se convirtieron en sus acólitos en este viaje hacia la inmortalidad, y a través de la metrópoli mexicana, la aventura lo llevó a través de bares, cantinas, pulquerías. Usted sabe, lugares de verdadera clase en donde se comía frijol y se eructaba jamón, y en donde había que pedir tacos de tripa ‘re-bien’ tostados para pertenecer a la inigualable cultura popular mexicana que siempre ha distinguido a esta hermosa nación.

 

Así que, entre albures y calambures, el maestro Jiménez logró recopilar miles de frases en un tomo que conlleva un poder similar, si no es que mayor al de la Constitución mexicana: sólo que Picardía no resulta tan insípida con tantas leyes dentro de ella, y cabe destacar que su autor, ganador del Premio Nacional de Periodismo de México en tres ocasiones, logró un éxito editorial al inicio de los años sesenta. Es la razón por la que aún en estos días permanece vigente entre tantos huaraches y huarachas.

Por el progreso moral y social de México, alguien debería continuar con el gran legado del poeta Jiménez, ya que si nos tomamos algún tiempo en viajar por las vastas calles de la ciudad, podremos percibir la evolución lingüística que los mexicanos hemos adoptado entre tantos tepichulos y guapiteñas, pues en ella está la clave para comenzar con nuestra búsqueda. Los invito pues a que se fijen, ustedes lectores, grandes conocedores de la vida, la próxima vez que se encuentren en una cantina, un mercado o en cualquier lugar regional mexicano: observen a su alrededor, escuchen, hablen con la gente y guarden todas esas memorias escritas y auditivas, que siempre habrá tela de dónde cortar si se busca enfatizar nuestra identidad, que entre tantas reformas y desigualdades sociales es lo único que prevalece. Si se llega a terminar esa tela, sólo recuerden: hay que meter tela más larga para poder continuar nuestra hegemonía. 

¡A darle que es mole de olla!

Gallito Inglés

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