Levantando Muros (En torno a algunas ideas de Erich Fromm)


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Por Maximino Escamilla Guerrero

Recientemente Roger Waters lanzó su más reciente producción fílmica: Roger Waters. The Wall, una película en la cual el espectáculo del legendario álbum conceptual desborda el escenario para acompañar al miembro fundador de Pink Floyd por los caminos que recorrió su padre, antes de ser asesinado en la Batalla de Anzio, en 1944. En efecto, en el filme se intercalan las escenas de las emblemáticas-catárticas “canciones” de El Muro, correspondientes a “Roger Waters The Wall Tour 2010-2013”, con visiones de cementerios de Francia e Italia, donde reposan los restos de las personas que murieron en esas regiones, durante la Gran Guerra y la Segunda Guerra Mundial.

Al inicio del filme, Waters nos recuerda una frase definitoria del álbum: “El miedo hace que levantemos muros”, la cual es una verdad incuestionable.

Ante el miedo, el ser humano, generalmente, reacciona aislándose o agrediendo, ya que al confrontarse con lo desconocido, con lo diferente, con quien le rompe sus esquemas y parámetros que le permiten vivir “plácida e inamoviblemente”, sus estructuras socioculturales, mentales, religiosas, etc., se tambalean y lo desequilibran. Para recobrar el status quo, debe eliminar la fuente de desequilibro: lo diferente es inaceptable; así la familia-sociedad se lo ha introyectado aún antes de nacer.

Como lo dijera Joan Manuel Serrat en una de sus canciones (“Para vivir”):

Te dejan sus herencias,
te marcan un sendero,
te dicen lo que es malo
y lo que es bueno, pero…
 

Ni los vientos son cuatro,
ni siete los colores,
y los zarzales crecen
junto con las flores

[…]

Vivir para vivir.
Sólo vale la pena vivir para vivir.
Para vivir.
Sólo vale la pena vivir para vivir.

Te “educan” (“adiestran”) para creer lo que a esa familia-sociedad le conviene, sin cuestionar, sino tragándotelo como si fuera una píldora y, muchas veces, sin agua, “pero” todas son “verdades relativas”, en la vida los absolutos no existen; “todo es según el color del cristal con que se mira”, como dice el adagio popular.

El psicoanalista yanqui Erich Fromm (1900-1980), en su obra El miedo a la libertad, analiza ese miedo que tenemos las personas a ser libres, a asumir nuestra libertad y ser responsables, a ejercer el “libre albedrío”, como escuchaba en mis lejanos días de catecismo católico.

Fromm, se diferenciaba de Freud, quien

[…] estaba tan imbuido del espíritu de la cultura a que pertenecía, que no podía ir más allá de los límites impuestos por esa cultura misma. Esos límites se convirtieron en vallas que llegaban hasta a impedirle la comprensión del individuo normal y de los fenómenos irracionales que operan en la vida social. (FROMM, Erich, p. 34)

Freud aceptaba la creencia tradicional en una dicotomía básica entre hombre y sociedad, así como la antigua doctrina de la maldad de la naturaleza humana. El hombre, según él, es un ser fundamentalmente antisocial. La sociedad debe domesticarlo, concederle unas cuantas satisfacciones directas de aquellos impulsos que, por ser biológicos, no pueden extirparse; pero, en general, la sociedad debe purificar y moderar hábilmente los impulsos básicos del hombre. Como consecuencia de tal represión de los impulsos naturales por parte de la sociedad, ocurre algo milagroso: los impulsos se transforman en tendencias que poseen un valor cultural y que, por lo tanto, llegan a constituir la base humana de la cultura.

Freud eligió el término sublimación para señalar esta extraña transformación que conduce de la represión a la conducta civilizada. Si el volumen de la represión es mayor que la capacidad de sublimación, los individuos se tornan neuróticos y entonces se hace preciso conceder una merma en la represión. Generalmente existe una relación inversa entre la satisfacción de los impulsos humanos y la cultura: a mayor represión mayor cultura (y mayor peligro de trastornos neuróticos). La relación del individuo con la sociedad, en la teoría de Freud, es en esencia de carácter estático: el individuo permanece virtualmente el mismo, y tan sólo sufre cambios en la medida en que la sociedad ejerce una mayor presión sobre sus impulsos naturales (obligándolo así a una mayor sublimación) o bien le concede mayor satisfacción (sacrificando de este modo la cultura). (FROMM, Erich, pp. 34-35)

Por su parte, Fromm estipulaba

[…] que el problema central de la psicología es el que se refiere al tipo específico de conexión del individuo con el mundo, y no el de la satisfacción o frustración de una u otra necesidad instintiva per se; y además, sobre el otro supuesto de que la relación entre individuo y sociedad no es de carácter estático. No acontece como si tuviéramos por un lado al individuo dotado por la naturaleza de ciertos impulsos, y por el otro a la sociedad que, como algo separado de él, satisface o frustra aquellas tendencias innatas. Aunque hay ciertas necesidades comunes a todos, tales como el hambre, la sed, el apetito sexual, aquellos impulsos que contribuyen a establecer las diferencias entre los caracteres de los hombres, como el amor, el odio, el deseo de poder y el anhelo de sumisión, el goce de los placeres sexuales y el miedo de este goce, todos ellos son resultantes del proceso social. Las inclinaciones humanas más bellas, así como las más repugnantes, no forman parte de una naturaleza humana fija y biológicamente dada, sino que resultan del proceso social que crea al hombre. En otras palabras, la sociedad no ejerce solamente una función de represión —aunque no deja de tenerla—, sino que posee también una función creadora. La naturaleza del hombre, sus pasiones y angustias son un producto cultural; en realidad el hombre mismo es la creación más importante y la mayor hazaña de ese incesante esfuerzo humano cuyo registro llamamos historia. (FROMM, Erich, pp. 37)

Un factor determinante en la “educación” del individuo lo constituye la institución escolar:

[…] Dentro de nuestra cultura, sin embargo, la educación conduce con demasiada frecuencia a la eliminación de la espontaneidad y a la sustitución de los actos psíquicos originales por emociones, pensamientos y deseos impuestos desde afuera. […] (FROMM, Erich, pp. 278)

[…] Aquello que la educación no puede llegar a conseguir se cumple luego por medio de la presión social. Si usted no sonríe se dirá que no tiene “un carácter agradable”…, y usted necesita tenerlo si anhela vender sus servicios, ya sea como camarera, dependiente de comercio o médico. Solamente los que se hallan en la base de la pirámide social, que no venden más que su fuerza física, y los que ocupan la cúspide, no necesitan ser particularmente “agradables”. El ser amistoso, alegre y todo lo que se supone deba expresar una sonrisa, se transforma en una respuesta automática que se enciende y apaga, como una llave de luz eléctrica. (FROMM, Erich, pp. 279)

En consecuencia, como le ocurre a Pinky de The Wall, la sociedad reprueba a la persona que manifiesta sus emociones, a quien muestra su auténtico ser, exponiéndolo a la burla, a la descalificación, a la crítica infundada, al escarnio…

En nuestra sociedad se desaprueban, en general, las emociones. Si bien pueden caber muy pocas dudas de que todo pensamiento creador, así como cualquier otra actividad espontánea, se hallan inseparablemente ligados a las emociones, el vivir y el pensar sin ellas ha sido erigido en ideal. Ser “emotivo” se ha vuelto sinónimo de ser enfermizo o desequilibrado. Al aceptar esta norma, el individuo se ha debilitado grandemente; su pensamiento ha resultado empobrecido y achatado. (FROMM, Erich, pp. 280-281)

La “convivencia social” nos va orillando a desarrollar expectativas, a tener conductas que no son propias, sino que copiamos o se nos imponen socialmente, y nosotros, casi sin oponer resistencia, reproducimos para lograr “identidad” y aceptación social:

Al adaptarnos a las expectativas de los demás, al tratar de no ser diferentes, logramos acallar aquellas dudas acerca de nuestra identidad y ganamos así cierto grado de seguridad. Sin embargo, el precio de todo ello es alto. La consecuencia de este abandono de la espontaneidad y de la individualidad es la frustración de la vida. Desde el punto de vista psicológico, el autómata, si bien está vivo biológicamente, no lo está ni mental ni emocionalmente. Al tiempo que realiza todos los movimientos del vivir, su vida se le escurre de entre las manos como arena. Detrás de una fachada de satisfacción y optimismo, el hombre moderno es profundamente infeliz; en verdad, está al borde de la desesperación. Se aferra perdidamente a la noción de individualidad; quiere ser diferente, y no hay recomendación mejor para alguna cosa que la de decir que es “diferente”. (FROMM, Erich, p. 292)

Para escapar del vértigo sociocultural que lo enajena, el ser humano debe tener conciencia de lo que quiere, de lo que piensa y de lo siente, y actuar en consecuencia.

Ahora sería libre de actuar según su propia voluntad, si supiera lo que quiere, piensa y siente. Pero no lo sabe. Se ajusta al mandato de autoridades anónimas y adopta un yo que no le pertenece. Cuanto más procede de este modo, tanto más se siente forzado a conformar su conducta a la expectativa ajena. A pesar de su disfraz de optimismo e iniciativa, el hombre moderno está abrumado por un profundo sentimiento de impotencia que le hace mirar fijamente y como paralizado las catástrofes que se le avecinan. (FROMM, Erich, p. 293)

La auténtica identidad está en el encuentro y en la responsabilidad para consigo mismo y con los “otros” (“Conócete a ti mismo”, como estaba escrito en el pronaos del templo de Apolo, en Delfos, y practicado por Sócrates).

[…] el hombre puede ser libre sin hallarse solo; crítico, sin henchirse de dudas, independiente, sin dejar de formar parte integrante de la humanidad. Esta libertad el hombre puede alcanzarla realizando su yo, siendo lo que realmente es. […] la realización del yo se alcanza no solamente por el pensamiento, sino por la personalidad total del hombre, por la expresión activa de sus potencialidades emocionales e intelectuales. […] En otras palabras, la libertad positiva consiste en la actividad espontánea de la personalidad total integrada. (FROMM, Erich, pp. 295)

Es necesario reconocer la individualidad y unicidad del ser humano, a partir de valores como la igualdad, el respeto, la responsabilidad y la correspondencia con los “otros”, principalmente.

La libertad positiva, como realización del yo, implica la afirmación plena del carácter único del individuo. Todos los hombres nacen iguales, pero también nacen distintos. La base de esa peculiaridad individual se halla en la constitución hereditaria, fisiológica y mental con la que el hombre entra en la vida, así como en la especial constelación de circunstancias y experiencias que le toca luego enfrentar. Esta base individual de la personalidad es tan distinta en cada persona como lo es su constitución física; no hay dos organismos idénticos. La expansión genuina del yo se realiza siempre sobre esta base individual; es un crecimiento orgánico, el desplegarse de un núcleo que pertenece peculiarmente a una determinada persona y solamente a ella. […](FROMM, Erich, pp. 301)

En fin, el contenido de esta obra de Fromm rebasa con mucho los límites de este escrito; quien desee abordar la plenitud del texto encontrará mucha luz sobre su propio ser y el del “otro”.

Concluimos con estas sabias palabras del Talmud:

Si yo no soy para mí mismo, ¿quién será para mí?
Si yo no soy para mí solamente, ¿Quién soy yo?
Y si no ahora, ¿cuándo?

(Refranes del Talmud)

MISNAH ABAT

Referencia bibliográfica: FROMM, Erich. El miedo a la libertad. Ed. Paidos. Buenos Aires, Argentina. s/f.

Referencia fotográfica: elromancesonanbulo.blogspot.com

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Comments 1
  1. Maria Isabel Escamilla y Guerrero

    Tengo que reconocer que sabes mucho mi querido hermano, aunque a algunas personas no lo crean Excelente Artículo, se nota que conoces a fondo la obra de Fromm Felicidades para tod@s los de la Bombilla por tener excelentes colaboradores.

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