Teotihuacan, el lugar donde se creó el tiempo


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Por: Víctor Manuel Amezcua Castillo

Fotos: © Propiedad de sus respectivos autores: periodiconmx.com & facundo69.files.wordpress.com

EL ORIGEN

En el principio, todo era oscuridad, el sol se había perdido, pues se desplomó a  la superficie de la tierra desde el firmamento, junto con las aguas celestiales, cuando los pilares que los sostenían se rompieron; pues uno de los dioses aztecas hizo que lloviera en gran cantidad y durante mucho tiempo, tanto, que estos pilares se reblandecieron y cedieron ante el peso del sol, la luna y las estrellas.

 

  Después de la inundación, la tierra era sólo un amasijo lodoso y no había ni luz ni calor. Los dioses del Anáhuac se reunieron en Teotihuacán para dar origen a un nuevo sol. De entre el grupo de congregados, se eligieron a dos para que se sacrificasen. Eran Teccistécatl y Nanahuatzin; uno rico, fuerte y gallardo; el otro pobre, enfermo y feo. Hicieron los dioses dos construcciones enormes, que son los tzacualis o pirámides del sol y la luna, para honrar a quienes serían los nuevos cuerpos celestes. Encendieron, luego, un brasero al que alimentaron con pencas de maguey secas.

 

A esta hoguera se arrojarían los dioses para su sacrificio. El primero lo intentó hasta cuatro veces, pero el miedo le impidió hacerlo, y avergonzado, retrocedió. Cuando tocó el turno a Nanahuatzin, éste se arrojó sin dudar un instante a las llamas. Su cuerpo se consumía, y cuando la intensidad del fuego menguaba, Tecciztecatl se lanzó al brasero. Un águila y un jaguar entraron en la hoguera y les llevaron al firmamento. El águila llevó al  que entró primero y el jaguar al segundo.

 

 Como ambos luceros brillaran a la par y en la misma intensidad, los dioses decidieron lanzar un conejo al segundo disco solar, y con ello, se redujo su brillo y su tamaño; fue entonces que se formó la luna. El sol iluminaba y daba calor, pero no se movía. Así que el resto de los dioses se sacrificaron para que el sol comiera sus corazones sangrantes y tuviera la fuerza para iniciar su camino a lo largo del cielo.

 

 Así fue como Teotihuacán se convirtió en el lugar en el que comenzó una nueva era para los habitantes del antigua Anáhuac, que hoy es México.

Puede afirmarse que Teotihuacán fue la ciudad que se aproximaba a la perfección del diseño. En su tiempo fue, sin lugar a dudas, una ciudad modelo de urbanización, la cual se construyó en armonía con el entorno del valle. Y es un complejo lleno de enigmas.

 

Este halo misterioso inicia con sus orígenes, que a  ciencia cierta, se desconocen. Y en este punto, es prudente señalar un error típico de apreciación de quienes lo visitan: Teotihuacán no es una construcción Azteca.

 

Contrario a lo que muchos suponen, que al estar próxima a la ciudad de México, la nación Tenochca no fue la responsable de su edificación, pues cuando el pueblo Mexica era un imperio, la ciudad era ya un lugar fantasma. Cuando Hernán Cortés llegara a Veracruz, la ciudad tenía, poco más de 750 años abandonada.

 

Si bien no se sabe con certeza su origen, muchas teorías se han formado alrededor de su diseño; para algunos es de innegable origen Tolteca, siendo la cuna de los señores de las artes, de la astronomía y política en Mesoamérica. Para otros, su origen se remonta a los continentes perdidos de Mu y Atlantis, mientras que para otros es de origen extraterrestre.

 

Estas teorías se basan en hallazgos asombrosos, como es el hecho de que los principales edificios de la ciudad están alineados con órbitas planetarias y con algunos de los picos más altos en México, como son los volcanes Popocatépetl, Iztaccihuatl, el pico de Orizaba o el nevado de Toluca.

 

La orientación de las pirámides y de todo el centro ceremonial es diferente a otros ubicados en nuestro país, y está con base a la dirección de la calzada de los muertos, que tiene una orientación de 15 grados, 30 minutos, al este del norte astronómico; es decir, está desplazada  a la derecha, lo que hace que el sol se oculte justo frente a la pirámide que lleva su nombre.

 

Lo que sí se sabe con certeza, es que la ciudad estaba dedicada al culto a dos dioses principales que eran Quetzalcóatl, el señor del viento, y a Tláloc, el dueño de las aguas celestes. Este sitio mítico y mágico es en la actualidad uno de los centros ceremoniales más visitado en México por personas de todo el mundo. Sin exagerar, es una babel en los tiempos modernos. Se encuentra ubicado a pocos kilómetros de la ciudad de México, cerca del municipio de Acolman en el Estado de México, en el kilómetro 16 de la carretera México-Tulancingo.

 

Es un lugar que ofrece un recorrido enriquecedor a quien lo visita. Es cierto que la imagen típica que identifica al sitio es la de cientos de personas que suben a la pirámide del sol el día 21 de marzo. Lo hacen para recargarse de energía con el equinoccio de primavera. Cabe señalar que el equinoccio se ha presentado uno o dos días antes en los últimos años. Pero en verdad, Teotihuacán representa más que esa antigua tradición.

Recorra sus edificios, la ciudadela, el templo de Quetzalcóatl, la calzada de los muertos, las pirámides del sol y la luna, los palacios con sus murales multicolores. También, dese tiempo de entrar a los museos que están en la zona arqueológica. Comprobará que sus visitantes quedan maravillados con la grandeza del lugar, donde se creó, según los antiguos relatos, la cuenta del tiempo.

¡Visita Teotihuacán!

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